¿Creatividad Intelectual en Chile?

by admin on July 25, 2010

ACADEMIA Y LIBRE MERCADO EN UNA SOCIEDAD EN DESARROLLO

(Ética neoliberal y vida académica)

Clase Magistral dictada por

el Dr. IGOR SAAVEDRA

con motivo del Aniversario de la Universidad de Tarapacá,

el día 29 de Noviembre de 2002.

El título de mi intervención de hoy intenta ser provocativo, pero también refleja lo que es mi posición respecto de los temas que toco. Creo que es una cuestión válida en el ambiente académico la que quiero plantear: en una sociedad en desarrollo, o derechamente subdesarrollada, como es el caso de Chile, inmersa en un sistema neoliberal como el nuestro, esto es, un sistema en que lo que interesa es tener dinero o, peor, que todos crean que uno tiene dinero,  ¿tiene o no sentido tratar de hacer una auténtica (o clásica) vida académica?  No es una pregunta trivial.  Pienso que los que hemos pasado la vida, muchos de ustedes, gente como yo, haciendo o tratando de hacer vida académica  tenemos aquí un problema que debemos  enfrentar con los métodos nuestros, es decir,  entenderlo  primero y luego buscarle una solución.  Eso es lo que pretendo hacer aquí.

Voy a partir haciendo una suerte de resumen de lo que quiero decir. Creo que es cierto, y así lo dicen expertos internacionales y aparece en  diarios y revistas especializadas fuera de Chile, que el modelo económico que impera en el país es tremendamente exitoso desde el punto de vista de ciertos indicadores, los  macro económicos. Pero a quienes nos duele el otro, el prójimo, nos parece que hay cosas que fallan rotundamente y que una de las principales de éstas es la falta de equidad que ha introducido el sistema, en muchos sentidos;  ése va a ser uno de mis temas principales.

Nadie discute que hay falta de equidad. Lo que se discute son las soluciones posibles, los mecanismos, pero se trata de una  preocupación desde el punto de vista de los índices que se manejan en economía, los que están desprovistos de  sentido humano, que se refieren a cosas tangibles que son susceptibles de medición y a las cuales por lo tanto se puede aplicar el método científico.  Pero la dimensión espiritual de los problemas que crea el sistema no se  toma en cuenta;  hay también falta de equidad en lo que se refiere a la dimensión espiritual de la pobreza en este país.

Naturalmente tengo claro, como todos nosotros, que hay un umbral mínimo de bienestar económico que uno necesita.  No es una cuestión de acumular riqueza por acumular riqueza: hay un mínimo que es indispensable tener, sobre todo en las condiciones de hoy  en que hay que pagar la salud y la educación, que representan costos elevadísimos para la mayoría de la población. Quiero que noten, especialmente los más jóvenes, que gente como yo nacimos en un sistema radicalmente distinto: yo soy producto de la escuela primaria, del liceo fiscal  y de la Universidad de Chile, y nunca pagué un centavo por mi educación; y puedo decirles, comparando con la que recibí en Inglaterra, que mi educación en Chile fue excelente.  Además creo que, en mi tiempo, uno salía del liceo como una persona relativamente culta.  Hoy  tengo la impresión de que la gente que entra a la Universidad, y que por lo tanto ha salido de la escuela secundaria, es abismantemente inculta y,  peor todavía, pareciera que la cultura no les preocupa en absoluto.  Eso es también parte del problema.

Examino la palabra “cultura”. Etimológicamente cultura viene de cultivar, tiene un sentido original agrario; uno se cultiva a si mismo, y la sociedad occidental en que vivimos se ha cultivado a lo largo de los siglos y ha evolucionado de una manera espectacular, sobre todo en el último tiempo.   Por ello, para poder darse cuenta de lo que significa la cultura en que estamos inmersos hay que tener una información básica mínima y haber aprendido y adquirido los métodos necesarios para, después, continuar enseñándose uno mismo, para continuar aprendiendo. Hoy día, sin embargo, para mucha gente en Chile sigue siendo un motivo de asombro el hecho de que un profesor universitario, un académico, es, debe ser, un estudiante permanente, que en el momento en que se deja de estudiar se deja de aprender, y se deja también de ser académico, se desaparece en cuanto a tal. Por otra parte, ese patrimonio que se ha acumulado durante siglos no puede ser privilegio de unos pocos, debería estar abierto a una comunidad mucho más amplia, en principio a toda la comunidad. ¿Cuáles son los mecanismos para lograrlo?, ahí aparece la educación.

Creo que la educación es la llave que da acceso a la cultura y que, por lo tanto, si no hay una buena educación para todos hay una falta de equidad espantosa, y eso es lo que  pasa hoy en Chile. Tenemos un sistema de educación que es una suerte de espiral regresiva.  La gente que tiene menos dinero no tiene acceso a una educación primaria y secundaria de calidad (en realidad, la calidad es muy deficiente, como  se ha medido de una variedad de maneras), y hay un pequeño grupo, tal vez menos de un 10%, que puede acceder a colegios privados pagados  donde, en algunos casos, reciben una excelente educación. Entonces, el tener fortuna o provenir de una familia relativamente acomodada, es una

llave de acceso a la educación y por lo tanto, a la cultura.  ¿Qué pasa con los que tienen menos?

Lo que pasa con ellos es lo que  llamo una espiral regresiva de progreso: los hijos de gente pobre sólo pueden aspirar a una educación de muy baja calidad, porque la educación propiamente pública, en general, (aunque hay excepciones) es de baja calidad.  Ahora bien, en un mundo que se desarrolla vertiginosamente debido a la tecnología, la que a su vez va creciendo a partir de la ciencia que por su parte crece  a un ritmo incesante, estas personas necesariamente se quedan atrás, y en consecuencia no pueden aspirar a un trabajo bien remunerado, y por lo tanto sus hijos tampoco van a  tener acceso a una educación decente, y así sucesivamente.  Entonces, en vez de ir progresando como país, vamos yendo cada vez más para atrás en el sentido cultural, y eso es lo peor que puede sucederle a una nación; en lugar de avanzar, nos subdesarrollamos colectivamente.  En Chile teníamos en la educación, hasta hace treinta años, la llave del crecimiento individual y colectivo; la gente que quería estudiar tenía  educación gratuita, una buena educación, y podía surgir en la sociedad, con dificultades y todo lo que se quiera, porque siempre las ha habido para mucha gente, pero hoy progresar es  casi imposible para el que es pobre;  eso no puede ser, simplemente no es admisible, menos en un gobierno que se supone progresista.

Además, cuando se vive en un medio en que, mayoritariamente, hay un nivel de cultura mínimo, aparece otro ingrediente, un refuerzo a la  espiral regresiva, porque ese medio va formando niños, jóvenes y, más tarde, ciudadanos, aún más chatos intelectualmente que sus mayores. Si  ustedes miran programas de la televisión chilena, por ejemplo un noticiario, ¿qué es lo que ven?: asesinatos, crímenes de variada índole, atropellos, guerras en otros países, pequeñeces políticas, avisos comerciales, nada más en una hora de discurso insulso.  Además el que obliguen a todo el mundo ver veinte minutos de  fútbol, les interese o no, es una falta de respeto a todos nosotros y eso pasa en todos los canales.  ¿cómo es posible que no haya programas que levanten un poco el intelecto, el espíritu?   La razón de esto,  y por qué  todo este ambiente chato, es que se dice que el público lo quiere, y el público es el que determina el famoso “rating”; estamos otra vez frente a un ejemplo de como el sistema económico nos va hundiendo, ahora en el aspecto cultural.

Creo que uno puede parafrasear a Rousseau y decir que es cierto que los hombre nacen libres pero el mercado tiende a esclavizarlos. Y completo mi pensamiento: el mercado y también la tecnología.  Creo que el conocimiento y la educación, en definitiva, representan la llave para cambiar este estado de cosas, para ser capaces de usar los buenos índices macroeconómicos en un sentido que nos haga mejorar como nación, que nos haga sentir orgullosos de nuestro país,  sentir que vale la pena quedarse aquí y esforzarse por Chile, y que ésa es una tarea de todos, no es sólo tarea del Estado ni sólo de los empresarios, sino de todos nosotros y muy en especial de nosotros los académicos.

¿De dónde viene esta manera mercantilista de visualizar la sociedad?  El origen de la economía que rige en estos momentos prácticamente a todo el mundo –el neoliberalismo –  es el libro de Adam Smith “La riqueza de las naciones”, del siglo XVIII, y por lo tanto hay que empezar por situarse en el siglo XVIII para  entender  cuál era la idea de sociedad en ese momento y en particular cuál era la ética imperante; creo que la cuestión ética es fundamental en estas materias. Hay un autor anterior a Smith, Bernard de Mandeville, que escribió un libro llamado “Fábula de las abejas” (1714),con un subtítulo muy elocuente:  “Vicios privados, beneficios públicos”, el cual refleja el modo de pensar del siglo XVIII.  Su tesis es que las acciones humanas son “Viciosas” porque son egoístas, no obstante lo cual sus resultados son en general beneficiosos para la sociedad, porque producen riqueza y bienestar.  Ése es también un argumento central en el libro de Smith: “El egoísmo es el motor de la sociedad, el motor de la economía”.  Textualmente dice: “En casi todas las otras especies zoológicas el individuo, cuando ha alcanzado la madurez, conquista la independencia y no necesita el concurso de otro ser viviente.  Pero el hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia.  La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide… No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino su propio interés.  No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo, ni les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas”. En otras palabras, desde esta manera de mirar el mundo es el individualismo exacerbado el que en definitiva mueve a la sociedad.  Creo que éste es un aspecto central del “modelo neoliberal”, y creo que desde la universidad tenemos la obligación intelectual de cuestionarlo.

Nosotros siempre fuimos una sociedad solidaria; una de los rasgos que caracterizaba a este país era nuestro sentido social colectivo,  ¿Dónde quedó todo eso?, ¿Es posible borrar una tradición de casi dos siglos en menos de treinta años?.  Yo creo que no; creo que  lo que tenemos que hacer es rescatarla, reivindicarla como nuestra, despertarla, llamar la atención a todos sobre este tema.

Max Weber, en su famoso ensayo “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” (1905) señala una importante relación entre la visión de mundo de una comunidad y el tipo de capitalismo que se desarrolla en

ella.  Su punto de partida es la observación empírica de que en ese momento lugares como Alemania del Norte, Países Bajos, Escocia e Inglaterra, en que la religión predominante era la calvinista (o más precisamente una versión del calvinismo) presentaban una mayor acumulación de riqueza y un mayor desarrollo de capacidad económica que los países en que eran otras denominaciones o religiones las que predominaban.  De este hecho infirió Weber una equivalencia significativa entre el espíritu del capitalismo y el espíritu del calvinismo (ver, por ejemplo, Raymond Aron, “Main Currents in Sociological Thought”, 1967).  El calvinismo postula que Dios todopoderoso crea el mundo y las reglas que lo rigen  y, además, predestina para la salvación o la condena a todos y cada uno de los seres humanos, sin que ellos puedan alterar su destino con sus acciones.  Cualquiera sea éste, por otra parte, el hombre está obligado a trabajar por la gloria de Dios y a crear el reino de Dios en la tierra, en tanto que las cosas mundanas y de la naturaleza humana pertenecen al ámbito del pecado y la muerte.

Los hombres desde luego tienen una tendencia psicológica de saber si están condenados o se salvarán, lo que ha llevado, según Weber, a que ciertas sectas calvinistas crean que el éxito en su trabajo, o su éxito económico, es una señal de que se está entre los elegidos.  Por otra parte el trabajo bien realizado y constante es un acto de obediencia a Dios.  Además, como para el calvinismo la vida ascética es algo primordial, se produce una situación en que el trabajo genera riquezas, pero éstas no se emplean en vicios o banalidades mundanas, sino que se reinvierten en el trabajo, lo que en definitiva se traduce en desarrollo económico.  Ahora bien, como para Weber la esencia del capitalismo se materializa en la empresa que busca racionalmente maximizar sus ganancias y aumentar su capacidad de producción, en un proceso de acumulación de riqueza, aparece aquí una coincidencia notable entre la ética protestante y el capitalismo. (Nótese sin embargo que Weber no propone una relación causal entre ambas.  También hay que notar que una vez bien establecido el capitalismo, su funcionamiento no depende del sentido ético ni de la religión que profesan los dueños de la riqueza o sus administradores).

En Chile tenemos una tradición ético-cultural que viene de raíces completamente distintas. Una de nuestras vertientes principales es la visión de mundo de los pueblos originarios, esencialmente comunitaria e identificada con la naturaleza.  La otra es la de los conquistadores españoles; en las sociedades católicas se predica  (que no es equivalente a decir que se hace), que lo que interesa es el otro, el prójimo, el hermano,  y eso lo tenemos todos incorporado en alguna parte porque, al fin y al cabo, éste ha sido y es un país predominantemente católico. Entonces, ¿cómo es posible que, tratándose de un pueblo con esas raíces y esa tradición valórica estemos hoy actuando con una ética tan ajena a la nuestra?, ¿Cómo se da este fenómeno?.  Creo que en parte, por lo menos, se da porque no lo cuestionamos y lo aceptamos, simplemente: se nos impuso, entonces está bien, así será.  Pero nosotros en la Universidad tenemos la obligación de cuestionar lo establecido, tenemos que ser siempre disidentes. Uno debe cuestionar lo que le dicen, hay que entender primero y aceptar después porque no conmutan esas dos operaciones; no basta con que nos digan: “ésta es la receta mágica”; entendámosla primero, ésa es la tarea de la Universidad.  Siento que, en general, en el sistema universitario chileno actual esa tarea no se ha cumplido, o se ha cumplido muy débilmente; en otras palabras que hay aquí una responsabilidad que colectivamente no hemos asumido y que debemos asumir.  Estos antecedentes éticos de la doctrina neoliberal tienen repercusiones de la mayor importancia, como lo demuestran con elocuencia los casos recientes de las empresas estadounidenses Enron y Arthur Anderson, y escándalos similares (aunque en otra escala) producidos en nuestro país ([1]).

En mi opinión, estos hechos no deben  considerarse como casos aislados y excepcionales, sino más bien como consecuencias directas y esperables de la doctrina económica imperante, de su particular manera de mirar el mundo:  “si una determinada acción produce ganancias, entonces es una buena acción”, parece ser en los hechos su postulado ético fundamental.  Y no se trata aquí de una interpretación antojadiza de mi parte.  En un “paper” publicado en The Michigan Law Review (vol. 80, págs. 1155 a 1178) en 1982, los profesores Frank H. Easterbrook, Professor of Law de la Universidad de Chicago, y Daniel R. Fischel, Profesor of Law, Universidad Northwestern, introducen el concepto de “violaciones eficientes” de las leyes en el sentido siguiente:  si una empresa ejecuta una acción que está penada por la ley, pero tal que acarrea beneficios para la empresa superiores a la multa que debe pagar por ella, entonces se trata de una violación eficiente.  En otras palabras, desde el punto de vista de esta ética de hacer negocios, las empresas pueden o no atropellar las leyes dependiendo de si tienen  o no una ganancia neta después de pagar las sanciones legales correspondientes.  El “paper” que comento se refiere a las leyes antimonopolio, pero no hay nada en él que impida la aplicación de estas ideas a situaciones más generales.  Ahora bien, si se considera que el primer autor es profesor de derecho en la Universidad de Chicago y se recuerda que  ella es también la cuna de la ideología económica imperante, resulta de toda evidencia que la ética contemporánea del mundo de los negocios no es la ética en que nos formamos la mayoría de los ciudadanos de este país; ésta me

parece una cuestión de la mayor relevancia para entender lo que ocurre en el Chile de hoy.

Estamos hoy en Chile enfrentando un fundamentalismo.  Hace poco más de treinta años, cuando en la Universidad hubo toda una “revolución cultural” (el proceso de Reforma de 1968) y el fundamentalismo de moda fue la versión de Lenin del marxismo,  había gente que predicaba que si se tenía que mentir para ganar una asamblea, se trataba de una buena mentira; no importaba que fuera mentira, lo que importaba era que uno saliera con el voto que  le habían encomendado  conseguir.  Obsérvese que se trata en esencia de la misma actitud: hoy, si usted tiene que violar la ley para obtener un beneficio, hágalo y pague la multa que corresponda; si la multa que paga es menor en dinero que la ganancia que obtiene, entonces está bien.  Se trata del fundamentalismo neoliberal que se importó desde Chicago y se impuso a este país, y que en buena medida es responsable de la  situación en que nos encontramos.

Ahora, que Chile está muy bien en términos de libertad de comercio y en el tema de libre competencia, no cabe ninguna duda.  Recientemente apareció el “ranking” de competitividad, que mide cómo lo hacemos como país en estos temas: Chile saltó treinta y tres lugares  y está en el número 20 en el mundo;  el país que le sigue en América Latina es Uruguay, que tiene el lugar 42; efectivamente estamos bien.  (Incidentalmente si se mira un poco más de cerca los datos,  se encuentra que donde lo hacemos muy mal es en el desarrollo de tecnologías,  y hay que recordar que es necesario tener ciencia para poder hacer tecnología; en esto no se está bien,  es el punto más débil que tenemos). También apareció recientemente un informe  que tiene que ver con la libertad económica en este país y se señala que ahí nos falta todavía, a pesar de que estamos en el lugar número 16 en el mundo; del 15 para arriba los países se llaman “libres” en este informe.  Nótese que ésta es una definición de libertad. Se trata de la libertad de negociar, de comprar y vender; ésa ciertamente no es mi definición de libertad.  Se agrega que Chile podría estar entre los quince principales países del mundo en este “ranking” si es que tuviera más libertad económica, si no hubiera tantas reglas del Estado. Yo pienso justo al revés.  Creo que le faltan a Chile ciertas reglas, que le falta un Estado que asuma su responsabilidad en temas claves, fundamentalmente en la educación y en la salud. Como curiosidad, agrego que quienes lideran este “ranking” son Hong-Kong y Singapur y, por cierto, ése no es el estilo de vida al que, yo por lo menos, aspiro para la gente de nuestro país.

¿Qué implicaciones tiene todo esto, el tema económico, la ética económica que impera, para la vida académica?  En Estados Unidos, que es el ejemplo paradigmático, una situación como la que he descrito no afecta, e incluso puede ayudar, al desarrollo de la vida académica. La ACADEMIA en Estados Unidos, en Europa, está tan bien establecida que sin duda se beneficia de una buena situación macroeconómica.  Creo que lo mismo no es válido en el caso de un país subdesarrollado, que es el caso nuestro, y quiero ilustrarlo citando algunas cifras y dando algunas opiniones sobre cómo influye el sistema que he descrito en nuestra vida académica; en particular, en la educación a nivel básico, medio y  universitario, y en la investigación científica.

Partiendo por la educación básica y media.  Hay que observar que los gobiernos de la Concertación han invertido una cifra muy grande (para estándares nuestros), algo así como mil quinientos millones de dólares, en mejorar la educación básica y media. Uno no lo puede notar si mira los estudios de rendimiento escolar, pero hay que recordar que los procesos académicos son largos, que no se miden en días sino en décadas, y que por lo tanto hay que esperar para dar un juicio definitivo.  Sin embargo hay cosas que evidentemente apuntan al revés, hacia el lado de no  mejorar el sistema. Diría que en el caso de la educación básica y media, el principal problema es el bajo nivel relativo de remuneraciones y el consecuente bajo “status” social que tienen los maestros.

Cuando yo era niño, el maestro que trabajaba para el Estado era un profesional del nivel social de los ingenieros o de los médicos, era muy respetado, y en lugares alejados de la capital el maestro era “el” personaje de la zona.  Esto hay que compararlo con lo que ocurre ahora: hoy no se respeta a los maestros porque hoy todo se mide por la vara del dinero y las remuneraciones del magisterio son relativamente bajas. Es cierto que se ha hecho mucho por mejorarlas, pero me pregunto: ¿es posible pensar que un muchacho que  tiene muy buenos antecedentes en sus estudios secundarios, un muy buen resultado en la Prueba de Aptitud  Académica, y en consecuencia puede entrar a carreras como ingeniería, medicina, derecho, economía, que le van a dar una “rentabilidad” importante en el futuro, va a optar por una carrera pedagógica a sabiendas que el sueldo que recibirá será miserable[1]-[2]?  El muchacho que quiere enseñar, que tiene vocación de maestro, ¿cómo lo va a hacer si sabe que no tendrá como mantener dignamente una familia en circunstancias que toda la sociedad le está exigiendo que tenga, o por

lo menos que aparente, tener más dinero?  Naturalmente que en esas condiciones, en general, se ingresa a los Pedagógicos más bien por descarte que por vocación, porque no se pudo entrar a otra carrera de “mejor futuro” y eso incide, desde luego, en la enseñanza que más tarde  recibirán sus alumnos.

Aparece aquí otra vez una espiral regresiva: en general  los que tienen más aptitudes no son los que enseñan y forman a quienes en el futuro darán vida y dirigirán el país; hay aquí un evidente contrasentido.

Es fácil decir: “los sueldos no son buenos porque el país no tiene más dinero”. No es tan cierto que no la hay, es siempre posible redistribuir el presupuesto nacional y, además,  no se necesita pagar ahora.  Lo que falta es un compromiso, un acuerdo de país que establezca que de aquí a 10 años, por ejemplo, los profesores de todos los niveles  tendrán sueldos equivalentes (no necesariamente idénticos) a los de los profesionales de otros servicios del Estado. Con ese horizonte de tiempo a mediano plazo, y con una buena expectativa económica, estoy seguro que muchos jóvenes que hoy ingresan a las carreras “rentables” entrarían a las carreras pedagógicas y eso automáticamente levantaría el nivel, la calidad  de la enseñanza. Para poder tener buenas clases hay que tener maestros que amen lo que están haciendo, que tengan la vocación, es decir que se sientan llamados a enseñar y que tengan la alegría de hacerlo, porque si un profesor tiene que hacer clases aquí, salir corriendo, tomar un taxi e ir a hacer clases a otra parte, porque de otro modo no puede vivir, ¿qué alegría puede darle eso?  En tales condiciones no es posible esperar una docencia de calidad y eso introduce una falta de equidad terrible, porque (en general) los buenos colegios son pagados y sólo acceden a ellos quienes pueden pagar.   Este problema podría resolverse con algo de imaginación y de audacia intelectual, pero el sistema sigue insistiendo en lo mismo de siempre.

En el penúltimo informe del PNUD (1998), donde el tema es el desarrollo humano en Chile aparecen datos que encuentro espeluznantes: por ejemplo, el decil más rico del país ganaba entonces,  casi treinta veces más que el decil más pobre y, además, de las mismas cifras estadísticas se deduce que el decil de mayores ingresos recibía más que el 70% de la población.  Esto muestra la falta de equidad del sistema y también la  pésima distribución de la riqueza del país.  Adam Smith postulaba que hay una “mano invisible” que se preocupa del bien común y la justicia social –en Chile se llama la “teoría del chorreo”, en forma menos académica–, pero lo que hemos visto es que la riqueza no chorrea para nadie, se queda ahí arriba, en el  quintil superior.  Este es el problema. También aquí hay que inventar una manera de llegar a los que tienen menos; con una participación más activa del Estado y de todos nosotros tenemos que ser capaces de hacer más justa y más humana nuestra sociedad.  Tenemos el deber de hacerlo.

La educación contiene muchos otros temas relacionados con esto pero no tengo tiempo para señalarlos.  Sin embargo, quiero decir que cuando  abogo por cambiar el sistema socio-económico imperante, por hacer que el Estado tenga un papel mucho más importante en educación, en cultura, en salud, no estoy tratando de echar abajo el sistema.  Se trata de algo muy distinto; no se trata de pasar de un fundamentalismo a otro, en el movimiento pendular característico de nuestra sociedad, característico en verdad de nuestro subdesarrollo cultural. Nosotros  ya pasamos de un Estado omnipotente a un Estado que mira casi con indiferencia lo que pasa en el país, pero no se trata de volver al primero; tiene que haber un término medio justo, que corresponda a las condiciones de un país que está empezando a subir en la escala del desarrollo. Ha faltado la voluntad de quienes nos dirigen y pueden hacerlo, voluntad para pensar soluciones que sean oportunas y adecuadas, que sean capaces de sacarnos del fundamentalismo economicista en que vivimos hoy.

La Prueba de Aptitud Académica (PAA) ha proporcionado por más de veinte años otra demostración de la falta de equidad en educación. En efecto, un alumno podría pasar por la enseñanza secundaria  sin haber estudiado en absoluto, pero haber asistido a un buen preuniversitario y con eso obtener un puntaje suficiente para entrar a una universidad.  Pero, ¿quiénes pueden entrar a un buen preuniversitario?: solamente aquellos que tienen dinero para pagarlo.  En otras palabras, si se tiene el dinero, esencialmente se compra la entrada a la Universidad, debido a que se le ha dado un peso excesivo a la PAA como mecanismo de admisión.   ¿Por qué se entrega el 100% del Aporte Fiscal Indirecto (AFI) –lo que llaman “la marraqueta” con que cada alumno llega a la Universidad–  a los mejores puntajes de la PAA y no se modula con otros indicadores realmente capaces de mostrar el interés, la capacidad, la vocación académica del estudiante? Por ejemplo, se ha demostrado que si toma el 15% de los mejores alumnos egresados de colegios y liceos, por deficientes que  éstos sean, ese 15% tiene un buen rendimiento en la Universidad, independientemente del puntaje obtenido en la PAA[1].  Si se insiste en sólo considerar el resultado de la PAA como mecanismo de admisión, alumnos provenientes de ese 15% pueden quedar afuera por no haber podido pagar un buen preuniversitario.   Sé que se  va a cambiar la PAA, pero no se ha hablado de cambiar su valoración actual.

Pienso que es el momento de bajar  el peso relativo de la nueva prueba y de valorar así adecuadamente los comportamientos académicos de  los alumnos  en la enseñanza media, tomando en cuenta el esfuerzo realizado por ellos en ese período.  El mecanismo de premiar al 15% mejor (o el porcentaje que se estime conveniente) introduciría equidad en el sistema de admisión sin ningún costo adicional.  Pero ha faltado la voluntad política de hacerlo.

En la Universidad, hoy, la situación no es muy distinta de lo que pasa a nivel primario y secundario; otra vez el fundamentalismo económico nos tiene bastante asfixiados. Nosotros hemos perdido en los últimos años muchas de las cualidades que tuvimos o que creímos tener y hay también una gran falta de equidad. La gente que hoy llega a la Universidad, en general, no son necesariamente los mejores. Por cierto sí interesa captar buenos alumnos, pero no necesariamente porque son buenos, sino por el puntaje obtenido en la PAA, es decir  porque traen plata a la Universidad. Hay una perversión en todo esto: un alumno no puede ser considerado como un cliente, por ningún motivo, pero eso es lo que está ocurriendo.

Ha habido un crecimiento exponencial del sistema universitario,   y hoy hay más de 60 Universidades en Chile, que es casi ocho veces lo que había antes de la reforma de 1981. ¿Tiene sentido eso?, ¿qué se enseña en muchas de esas universidades? Tengo la impresión que algunas no tienen sino el nombre de tales, pero tradición cultural chilena establece que para subir socialmente hay pasar por la Universidad (es otro de los mitos chilenos) y para llegar a ella se hacen sacrificios enormes, las familias se endeudan y ponen todo lo que pueden por lograr que su hijo ingrese a la Universidad, no importa cual sea ésta.  En general, los alumnos no pueden distinguir entre las buenas y las malas, y es sólo cuando terminan su carrera que se dan cuenta que el título que obtuvieron les sirve de muy poco o nada. En otras palabras,  que han sido estafados por el sistema, que han sido burlados.   Creo que nadie, ni el sistema económico, ni menos el Estado, puede defender que se juegue con las esperanzas de las personas, pero eso es lo que ocurre; se está jugando, irresponsablemente, con las esperanzas de la gente, sobre todo de los que tienen menos.

En el caso de nuestra investigación científica, el sistema neo-liberal  también tiene un impacto negativo.  Es probable que ustedes lo observen aquí, como en general en  las universidades que cultivan la investigación e imparten docencia superior.  No sólo se hace ciencia porque interesa, por amor al conocimiento, porque es hermoso trabajar en ciencia y crear ideas; además de eso, también, hay en juego un factor económico que da “status” en la sociedad actual, que premia en dinero y se ha implantado un sistema que en gran medida pervierte el oficio mediante incentivos económicos que distorsionan y, casi diría,  prostituyen[1] la actividad científica en el país. Me refiero, por ejemplo, al hecho que la gente debe vivir pendiente de publicar “papers”, a cualquier precio, lo que significa que la calidad de lo que se presenta no necesariamente es buena;  si se puede embaucar al “referee” de la revista a donde se manda un trabajo, ¡magnífico!.   Esa es la ética de Chicago, se trata de una “violación eficiente” de las reglas[2].  Además, como con un número importante de “papers” se puede ganar  un “grant”, y como para poder producir y tener más trabajos publicados hay que tener estudiantes de doctorado, entonces a menudo ocurre que se toma estudiantes no sólo para enseñarles un oficio sino también porque se necesita empleados baratos, “quasi esclavos”, lo que suele traducirse en tiempos excesivamente largos para un trabajo de Tesis.

Esa es la realidad fría, descarnada, de lo que suele ocurrir.  Por cierto no afirmo que es lo que sucede siempre, pero sí que se trata de un problema real, que es necesario enfrentar.   Creo que la raíz de este fenómeno se encuentra en los sueldos de los profesores universitarios, que son  muy bajos comparados con las responsabilidades que tienen.  Por otra parte el sistema permite mejorar un poco la renta percibida por la vía de los concursos nacionales de proyectos.  En consecuencia, Fondecyt no es sólo un estímulo a la investigación sino que es también un mecanismo para subir sueldos.  Es en  ese sentido que digo que se ha prostituido el sistema. Eso no fue así al comienzo, no estaba contemplado en la ley original, pero a poco andar (tres años después) se cambió y quedó así.  Creo que es otro de los grandes errores que se ha cometido en la administración de la  ciencia en Chile.

El individualismo de los “micro empresarios” universitarios, que es a lo que el sistema ha empujado a nuestros científicos, los lleva incluso  a rechazar la idea de enseñar a nivel elemental en la Universidad. Yo pienso que la mejor gente de una Universidad debería hacer clases en el primer año, para que los jóvenes que vienen de la enseñanza secundaria entren a ella y se  encuentren con personas cuyos nombres han oído alguna vez, que les hablan de cosas distintas de las que escucharon en la enseñanza media y les muestran un mundo diferente, que los entusiasman, en definitiva.  Los grandes “microempresarios” que rehúsan dictar clases de pregrado lo hacen porque éstas efectivamente consumen mucho tiempo y, además, no es rentable para ellos, ya que  son alumnos que no pueden todavía ayudar a producir “papers”.  Por lo

tanto,   tratan de quedarse,  exclusivamente, en el postgrado, donde enseñan el tema que dominan, en el que están trabajando y escriben “papers”, y así la máquina sigue rodando:  más “papers” significa más “grants” y por lo tanto sobresueldos que les permiten vivir de acuerdo con el “status” que desean y que, por cierto,  merecen tener.  Pero eso no le hace bien al país, sin duda, porque lo que se necesita es estimular intelectualmente a los más jóvenes, hacerlos sentir el impulso de ser mejores, el deseo de saber más y de ser capaces más tarde de colaborar al desarrollo nacional.

En resumen, pienso que el hecho de incluir sobresueldos en el sistema de financiamiento de la investigación científica en Chile ha tenido efectos secundarios, no deseados, que en definitiva la dañan. El argumento que se esgrime para justificarlo es que no se puede subir los sueldos a los profesores de las universidades estatales porque son  muchos y algunos de ellos se limitan sólo a dictar unas pocas clases.  Esto se lo he oído decir a personas en cargos de poder de todos los gobiernos, y sin duda hay algo de verdad en ello.  Sin embargo, hay modos de saber quién es quién en la Universidad. En la Universidad lo que uno hace es cuantificable, se puede introducir una jerarquización académica estricta y tener una escala de sueldos condigna  con la escala académica.  Hay que pagarle más a los mejores,  sin duda, pero que sean los mejores de verdad: mejores en cuanto a su investigación, pero también mejores  en cuanto a la calidad de su docencia,  mejores en cuanto a su interés real por los alumnos.  Y no sólo por los alumnos de ciencias, sino también por los de carreras profesionales, porque hay que tener siempre presente que un deber principal de los científicos en un país como éste es el de formar profesionales de la mayor excelencia posible, ya que son ellos los que van a mover el país en el futuro.  Por lo tanto,  hay que premiar todos esos esfuerzos y no  sólo la cantidad de publicaciones; ésta es otra importante tarea pendiente.

Creo también que, en lo que al desarrollo de la ciencia en el país se refiere, constituye un error de estrategia y una mala asignación de los escasos recursos disponibles el haber establecido programas millonarios en dólares como los llamados Fondap, e Institutos Milenio.  Estos disponen de cifras del orden de un millón de dólares anuales por un período renovable de cinco años, por cierto previo concursos nacionales y con  informes y evaluaciones regulares hechas por comités de pares externos.  No dudo que, en general, los concursos se han resueltos  satisfactoriamente y que los grupos de investigación ganadores son muy buenos y se los merecen, pero la pregunta fundamental es otra:  ¿se resuelven de esta manera los problemas más apremiantes de la vida académica en Chile?.  Creo que no. Pienso que lo que se necesita con urgencia  es levantar el nivel del sistema universitario en su totalidad, y para eso es necesario inyectarle gente joven, del más alto nivel académico, que conozca la vida internacional en su tema y sea reconocida por sus pares y, para eso, hay que crear nuevos puestos de trabajo en las universidades a lo largo de Chile.  Hay (por lo menos) dos caminos posibles para hacer lo que propongo: aumentar el número actual de profesores en el sistema universitario, o bien generar vacantes, reteniendo sólo a quienes califican y ofreciendo retiros dignos a quienes no cumplan con los niveles de excelencia requeridos.  La palabra clave en el segundo caso es “digno”, es decir, hay que proceder siempre en estas materias con el mayor respeto por las personas envueltas, con la mayor gratitud en verdad, ya que ellos han puesto mucho de sus vidas en el funcionamiento de sus universidades y, por lo menos los más antiguos, incluso en echarlas a andar.  Es de toda evidencia que esta proposición requiere de una fuerte inyección de dinero, y creo que esos millones de dólares gastados y que se gastarán en los proyectos que mencioné  habrían sido mucho mejor empleados socialmente, y con una rentabilidad a mediano plazo (hablando en lenguaje de economista) si se hubieran usado en un proceso de renovación del mundo académico chileno.  Me parece un error, insisto, el privilegiar intereses individuales, por legítimos que sean, por sobre los intereses colectivos del país.

Termino con una nota más optimista. Yo conozco el caso de mi Facultad, la de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.  Allá hicimos una profunda revisión académica, consensuada con toda la Facultad, donde establecimos parámetros: niveles académicos, máximo de edad, años de permanencia en una jerarquía, etc.  Estuvimos dos años trabajando en eso, y el resultado fue que se retiraron cuarenta profesores de jornada completa en forma voluntaria de una manera  digna,  y con un premio adicional (pagado por la Facultad) a los fondos legales de retiro del servicio público.  La idea era por cierto generar espacios para gente joven, y lo que se logró es que de una facultad envejecida, con un promedio de edad del orden de 55 años, se tiene hoy una facultad mucho mas joven, con un promedio de edad de algo más de 40 años, todos con un doctorado en un buen lugar o que están haciendo posdoctorados, excepto los más jóvenes de los contratados con los fondos que quedaron disponibles que se encuentran realizando doctorados en universidades de gran prestigio.  El resultado final será que, en un plazo no mayor de cinco años, un poco más del 80% de los académicos de jornada completa de la Facultad tendrá un doctorado de buen nivel y experiencia post-doctoral.

Desde luego, historias como ésta son propias de cada institución y no se las puede reproducir directamente en otras.  Creo sin embargo que, aunque el sistema neoliberal y el sentido utilitario de la existencia sean hoy tan abrumadoramente dominantes en nuestro país, ello no debe llevarnos a una inacción desesperanzada.  Nunca debemos perder la capacidad de soñar, de inventar un futuro y de construirlo de acuerdo a nuestras propias realidades.  Debemos insistir en creer que las utopías son posibles y debemos siempre sentir que tenemos la obligación de hacerlas concretas.

Muchas gracias.

IGOR SAAVEDRA

ARICA, Noviembre de 2002.

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